La fisura en tu visita

Son las 2:47 de un viernes por la tarde. He sumado ya más de 70 noches en las que sólo cuento conmigo para resguardar mi calma, sin poder abrazarte y sin poder olvidar la despedida que nunca tuvimos. Esa huída tan fugaz y tan aparentemente injusta, se llevó consigo un cachito de mi corazón, me lo arrancó a la fuerza y sin aviso. Después de atestiguar el rápido recorrido del virus por el mundo, llegaste de visita por el miedo de no podernos reunir después. Recuerdo caminar a tu lado uno de esos días de incertidumbre acompañada, donde jugamos a decirnos adiós sin siquiera creérnoslo por completo. “Por si acaso”, mencionaste. “Por si acaso…”, respondí. Habían sido días buenos dentro de todo, nos abrazamos entonces. De esos abrazos casi vacíos que se interfieren por la negación de la realidad. No te quiero abrazar, porque abrazarte significa realmente decirte adiós. Es un abrazo flojo y desganado, no por falta de amor, sino por exceso del mismo. Y no te digo adiós, ni lloro tampoco, ¿sabes? Porque estás aquí, sigues aquí. Y aquí estamos nosotros, simplemente acurrucados en el silencio de nuestro medio abrazo, sin estar presentes del momento porque nuestras mentes se nos adelantaron en la separación y cada una viaja por preguntas, yo creo que distintas. Se siente entonces, la fisura en tu visita, pero no lo sé sino hasta esa misma noche, la primera de las 70 que empecé a contar. Y casi como si presintiera lo que estaba a punto de ocurrir, antes de cerrar mis ojos e intentar vencer el insomnio, mi mente repasó impaciente los primeros acontecimientos de nuestro paseo cuando arrancó desde los sueños y las ideas; “vente conmigo”, me pediste, “nos podemos…”, continuaste, “tengo los contactos y tal vez podríamos… tal vez nos dé tiempo antes de que las fronteras se cierren entre nosotros”. El silencio respondió por mí, y era evidente que la ansiedad nacía de saber que todo podía colapsar mañana, o dentro de una semana, dentro de la que al menos te quedaban aquí aún unos cuatro días antes del vuelo que no sabías si tomar o dejar. Y entonces lo imaginé; correr contigo, o tras de ti, dejarlo todo y soltarme de mi vida por seguirte a la tuya, sin importar que al soltarme estaría soltando también las riendas de mis emociones en recuperación. Apenas algunos meses atrás había empezado a recuperar la fuerza necesaria para dejar ir lo que me ataba al dolor que conlleva la evasión de la soledad. Como un cachorro en la tierra, buscando lo que su mamá ya no le puede dar, volvía a desenterrar mis ilusiones y sueños del escombro de un pasado roto para reconstruirme con los pedazos que quedaron. Y así, poco a poco, aprender de nuevo a caminar, sin tener que gatear. Por ello, cuando mi corazón se quiso ir contigo, el resto de mi cuerpo lo retuvo, logrando que al partir me le arrancaras ese pedazo que espero conserves. Continuamos caminando en silencio, dentro de mi ahora ruidoso recuerdo antes de dormir, y ambos comprendimos lo inevitable de nuestra aleatoria separación. Y así nos abrazamos, por si acaso los dados caían de inmediato. Y después del abrazo nos sonreímos con la mayor calidez que pudo reconfortar cruelmente mi añoranza anticipada. Y con esa sonrisa cruel y la promesa de un beso que gritaba “hasta mañana”, logré vencer el insomnio y caer dormida en el sueño de un futuro cercano juntos. Hasta que el despertador me sobresalta horas antes de lo programado, a las 2:26 de la madrugada cuando ni siquiera ha salido el sol y yo empiezo a temer lo peor en cuanto descubro que no se trata del despertador, sino de tu llamada, tu anuncio de partida inmediata. Y entonces entiendo porqué se sintió amarga la sonrisa, porqué se sintió vacío el abrazo y porqué toda la falsa despedida del “por si acaso” se convertiría en un recuerdo cruel, una trampa del destino que sólo busca divertirse con nuestras emociones. Adiós, le dije en la oscuridad al aparato casi sin pila que llevaba en la mano izquierda, pegado a la oreja.

Son las 2:53 del mismo viernes por la tarde, cuando otra vez te veo entrar por la puerta y extenderme tus brazos tan impacientes de hacer lo que por tantos días nos hemos aguantado. Y a pesar de tener los ojos cerrados, el recuerdo de tu visita me sigue asaltando tan vívido como cuando realmente sucedió. El recuerdo de tu llegada después del apuro, del olor de tu cuello, de la dicha de estar juntos y las risas recurrentes. Y en ese sueño despierto, anhelo de nuevo tu visita, a pesar de la fisura en tu partida.